La primera vez que escuché la palabra «acosador» asociada a alguien cercano no fue en las noticias: fue en la voz temblorosa de una amiga que me llamó a medianoche porque el hombre que la seguía llevaba semanas apareciendo en lugares que ella no le había dicho. Esa llamada cambió mi manera de ver la seguridad. Y cuando vi la noticia de Corea del Sur, no pude dejar de pensar en ella —y en todas las que vivimos algo parecido, directamente o a través de alguien que amamos.
En ese país acaban de activar una función dentro de una aplicación policial que permite a las víctimas de acoso rastrear, en tiempo real, la ubicación de su acosador cuando este está bajo vigilancia electrónica. Dicho así, suena a ciencia ficción. En México, suena a un privilegio que quisiéramos tener.
¿Cómo funciona y por qué importa?
La tecnología no es complicada: el acosador lleva un dispositivo de monitoreo —como los que usan personas en libertad condicional— y la víctima puede ver desde su teléfono si ese hombre se está acercando a su domicilio, a su trabajo, a la escuela de sus hijos. Si la distancia baja de cierto umbral, suena una alerta. La app le devuelve a la víctima algo que el acoso le había robado: información, control, un poco de paz para dormir.
Lo que hace especial a esta solución no es la tecnología —esa ya existe— sino la voluntad institucional de ponerla al servicio de las mujeres. Y eso, lamentablemente, no es universal.
La realidad que vivimos en México
En nuestro país, el acoso no es un tema de apps: es una emergencia cotidiana. Según datos del INEGI, 7 de cada 10 mujeres mayores de 15 años han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. El acoso en espacios públicos —la calle, el transporte, el trabajo— es la forma más reportada. Y sin embargo, muchas víctimas de acoso grave, el que persiste y escala, se enfrentan a un sistema que minimiza, que pide pruebas, que tarda.
Las órdenes de restricción existen, pero su cumplimiento es irregular. No hay una app oficial que te avise si el hombre al que le pusieron una orden de alejamiento está a tres cuadras de tu casa. Esa información, muchas veces, la tienes cuando ya es demasiado tarde.
Lo que sí podemos hacer mientras esperamos mejores soluciones
No digo esto para desanimar. Lo digo porque creo que las mamás necesitamos información real, no promesas vacías. Y porque mientras las instituciones avanzan —lento, pero avanzan— hay cosas concretas que podemos hacer hoy:
- Documentar todo. Capturas de pantalla, fechas, horas, testigos. En México, la documentación es la diferencia entre una denuncia que procede y una que se archiva.
- Conocer las apps de seguridad disponibles. Aplicaciones como bSafe o Life360 permiten compartir ubicación con personas de confianza y activar alertas de emergencia. No son perfectas, pero son algo.
- Hablar con nuestras hijas. Si tienes una adolescente, esta conversación no puede esperar. El acoso digital —mensajes no deseados, seguimiento en redes— suele ser la puerta de entrada al acoso físico.
- Denunciar. Sé que el sistema cansa. Pero cada denuncia genera un registro, y ese registro puede ser crucial si la situación escala.
La tecnología sola no nos salva, pero sí puede acompañarnos
Lo que me parece más valioso de la app coreana no es el código que la sostiene: es el mensaje que manda. Le dice a la víctima «te creemos, aquí tienes herramientas». Le dice al acosador «estás siendo vigilado». Y le dice al sistema que proteger a las mujeres no es opcional ni secundario.
Ojalá algún día tengamos algo así aquí. Mientras tanto, seguimos construyendo redes entre nosotras: de información, de acompañamiento, de alerta. Porque si algo he aprendido en estos años escribiendo sobre maternidad y vida familiar es que las mujeres, cuando se organizan, son el mejor sistema de seguridad que existe.
Si tú o alguien cercana están viviendo una situación de acoso, no estás sola. Habla, denuncia, busca apoyo. Y si necesitas escuchar que lo que te está pasando no es normal, aquí estoy para decírtelo: no lo es, y mereces estar segura.

