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¿Tu hijo saca dieces y aún sientes que no es suficiente? Lo que hay detrás de la obsesión con las clases extra

Hace unos días leí sobre familias en España que están gastando cifras récord en clases particulares —no porque sus hijos vayan mal, sino porque ya sacan excelente y quieren que «suban más el nivel». La noticia me pegó directo en el pecho, porque honestamente, ¿cuántas de nosotras no hemos sentido ese impulso? Esa sensación de que por más que nuestros hijos avancen, siempre hay algo más que podrían estar aprendiendo, un nivel más al que podrían llegar.

Quiero hablar de eso con calma, sin juzgar a nadie, porque creo que detrás de esa decisión hay mucho más que ambición. Hay miedo. Y ese miedo lo entiendo perfectamente.

La carrera que nadie sabe dónde termina

El mercado de las actividades educativas extraescolares ha crecido de manera impresionante en los últimos años. Matemáticas avanzadas, inglés, programación, música, robótica… La oferta es enorme y el mensaje detrás de toda esa industria es siempre el mismo: siempre puedes hacer más por tus hijos. Es una carrera en la que la meta se mueve constantemente hacia adelante.

En México, aunque no manejemos las mismas cifras que en Europa, la lógica es idéntica. Hablo con mamás todos los días —en el grupo del salón, en el parque, en la fila del súper— y el tema de las clases extra aparece con una frecuencia que ya me parece sintomática. «Es que quiero que tenga ventaja», «es que el inglés hoy es básico», «es que no quiero que se quede atrás». Todas razones válidas. Pero hay una pregunta que pocas nos hacemos: ¿atrás de qué, exactamente?

El miedo disfrazado de inversión

Ser honestas con nosotras mismas a veces es incómodo. Una cosa es identificar una necesidad real de tu hijo —le cuesta el español, tiene dificultades con las matemáticas, quiere aprender algo nuevo— y apoyarlo. Eso es crianza. Otra cosa muy distinta es añadir actividades porque nos angustia la incertidumbre del futuro, o porque sentimos que el tiempo libre de nuestros hijos es tiempo «desperdiciado».

Ese miedo tiene nombre: ansiedad de rendimiento por procuración. Lo que queremos para ellos, el éxito que imaginamos, la seguridad que no podemos garantizarles… todo eso lo depositamos en horarios llenos de clases. Y aunque las intenciones son buenas, el resultado puede ser un niño agotado que asocia el aprendizaje con obligación, no con curiosidad.

Lo que le pasa al niño que no tiene tiempo para aburrirse

Los especialistas en desarrollo infantil llevan años diciéndolo: el juego libre, el aburrimiento, el tiempo no estructurado son esenciales para el desarrollo cognitivo y emocional de los niños. No son el premio al final del día de clases. Son parte del aprendizaje.

Un niño que pasa de la escuela a inglés, de inglés a piano, de piano a natación y llega a casa a hacer tarea, no tiene tiempo de procesar lo que vivió. No tiene tiempo de inventar juegos, de leer por placer, de descubrir qué le gusta de verdad. Y eso, a largo plazo, tiene un costo. No necesariamente académico, sino humano: niños que no saben qué hacer cuando no les dicen qué hacer, adolescentes que se sienten vacíos si no están siendo «productivos».

¿Cuándo sí tiene sentido una clase extra?

No estoy diciendo que las actividades fuera de la escuela sean malas. Para nada. Estoy diciendo que vale la pena hacernos las preguntas correctas antes de inscribir:

  • ¿Lo quiere mi hijo o lo quiero yo? La diferencia importa mucho.
  • ¿Cubre una necesidad real o una ansiedad mía? Sin juicio, pero con honestidad.
  • ¿Tiene mi hijo tiempo libre en su semana? Si la respuesta es no, algo sobra.
  • ¿Cómo llega al final del día? Un niño agotado y de mal humor de lunes a viernes está diciéndonos algo.

Si después de estas preguntas la respuesta sigue siendo «sí, esta clase tiene sentido», adelante con todo. Las actividades elegidas con conciencia y con el niño como centro son una herramienta maravillosa. El problema no son las clases en sí: es la lógica de acumulación que las rodea.

Confiar en nuestros hijos (y en nosotras)

A veces lo que más necesita un niño que saca dieces no es más estimulación. Necesita que su mamá le diga: «ya es suficiente, ya eres suficiente». Esa frase, que parece simple, es en realidad una de las cosas más poderosas que podemos darles.

La maternidad ya es exigente de por sí. No necesitamos añadirle la presión de optimizar cada hora del día de nuestros hijos. Podemos querer lo mejor para ellos y también dejarlos ser niños. Las dos cosas caben perfectamente.

Fuente: El País

Firma Chuy Cruz

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