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¿Tu hijo no sabe qué carrera estudiar? Su cerebro tiene la respuesta (y no es lo que crees)

Recuerdo perfectamente la cara de mi hijo cuando le pregunté, a los dieciséis años, qué quería estudiar. Me miró como si le hubiera pedido que me dijera el futuro. Y honestamente, eso es exactamente lo que le estaba pidiendo.

Si tienes un adolescente en casa que está a punto de elegir carrera —o que ya entró a la prepa y siente que el tiempo se le acaba— respira. Lo que sientes tú como mamá (esa mezcla de urgencia, miedo y ganas de que todo salga bien) es completamente normal. Pero también hay algo que vale la pena entender antes de presionar demasiado: su cerebro todavía está en construcción.

El cerebro adolescente no está «roto», solo está en obra

Investigadoras como Laia Lluch, de la Universitat Oberta de Catalunya, llevan años estudiando el desarrollo cognitivo y llegan a una conclusión que a muchas mamás nos puede aliviar o desconcertar: el cerebro humano no termina de madurar hasta el final de la veintena. La parte que más tarda en desarrollarse es justo la que necesitamos para planificar a largo plazo, tomar decisiones complejas y anticipar consecuencias.

Dicho de otra manera: cuando le pedimos a un chico de diecisiete años que elija lo que va a hacer con el resto de su vida, le estamos pidiendo algo para lo que su cerebro biológicamente todavía no está del todo listo. No es flojera. No es desinterés. Es neurología.

Esto no significa que debamos quitarles toda responsabilidad o decidir por ellos. Significa que necesitan más acompañamiento y menos presión.

El plan B no es fracasar: es decidir con inteligencia

Hay una idea muy arraigada —sobre todo en las familias mexicanas— de que tener un «plan B» es señal de poca convicción o falta de compromiso. «Si no te decides por algo, es que no sabes lo que quieres.» Cuántas veces hemos escuchado eso.

Pero la evidencia dice lo contrario. Tener alternativas no es indecisión: es madurez. Una joven que dice «quiero estudiar medicina, pero si no quedo en la UNAM, también exploraría nutrición o enfermería» no está claudicando, está siendo estratégica. Está reconociendo que el camino tiene variables que no controla y que puede adaptarse sin perder el rumbo.

Como mamás, podemos ayudar a construir ese pensamiento flexible. En lugar de preguntar «¿qué vas a estudiar?», podemos preguntar «¿qué te gusta hacer?», «¿qué se te da bien?», «¿cómo te imaginas un día de trabajo que no te agote?». Son preguntas más pequeñas, pero abren conversaciones mucho más honestas.

Cómo acompañar sin ahogar

Aquí es donde nosotras, las mamás, tenemos que hacer nuestro propio trabajo interno. Porque a veces la presión que le ponemos a nuestros hijos viene de nuestros propios miedos: miedo a que se equivoquen, miedo a que «pierdan tiempo», miedo a que no sean suficientes en un mercado laboral que nos parece cada vez más competido.

Algunas cosas que me han funcionado —y que he visto funcionar en otras mamás— para acompañar sin presionar:

  • Escucha antes de opinar. Que tu hijo o hija te cuente sus ideas sin sentir que las vas a juzgar o descartar.
  • Valida la duda. No saber qué estudiar no es un defecto. Es honestidad.
  • Busca información juntos. Ferias vocacionales, videos de profesionales en YouTube, visitas a universidades. Que el proceso sea tuyo también, no solo de ellos.
  • Habla de tu propia trayectoria. ¿Tú elegiste bien a la primera? ¿Cambiaste de rumbo? Compartir esa historia puede ser más valioso que cualquier consejo.
  • Permíteles experimentar. Un curso de verano, un taller, una semana de voluntariado. El cerebro aprende haciendo mucho mejor que planeando en abstracto.

La presión nuestra tampoco ayuda

Voy a decir algo que quizás incomoda: a veces las mamás somos parte del problema. No porque seamos malas, sino porque queremos tanto para nuestros hijos que terminamos empujando en lugar de acompañar.

Si tu hijo siente que decepcionar tu expectativa es la peor consecuencia posible de su elección, va a elegir para ti, no para él. Y esa carrera, ese camino que no es suyo, es la semilla del agotamiento, del abandono y de la infelicidad profesional que tanto tememos para ellos.

La mejor inversión que podemos hacer en esta etapa no es pagar la mejor universidad ni contratar al mejor orientador vocacional: es ser el lugar seguro al que puedan volver cuando la decisión se complique. Y se va a complicar. Porque así es esto.

El cerebro madura. Los gustos se afilan. Los caminos se abren. Nuestra labor es que ese proceso suceda con nosotras a su lado, no encima de ellos.

Fuente: El País Educación — Laia Lluch, investigadora: «Tener un plan B para elegir estudios es decidir con madurez»

Firma Chuy Cruz

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