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¿Tu hijo adolescente se automedica para la ansiedad? Señales de alerta y cómo hablar con él

Hace unas semanas una amiga me contó que encontró pastillas en la mochila de su hijo de dieciséis años. No eran drogas ilegales —al menos no de las que uno imagina—, eran ansiolíticos. Medicamentos que alguien le había pasado en una fiesta para «relajarse». Ella no sabía si llorar, gritar o simplemente hablar con él. Eligió hablar. Y eso marcó la diferencia.

Lo cuento porque no estamos solas en esta preocupación. Hay una tendencia que se está volviendo cada vez más común entre los jóvenes de todo el mundo —incluido México— y que merece nuestra atención: más adolescentes están usando medicamentos para la ansiedad de forma recreativa, como sustituto del alcohol. No para tratar ningún diagnóstico, sino para sentir algo parecido a la euforia de una copa. Y eso, mamás, es algo de lo que debemos hablar hoy, no cuando ya encontremos las pastillas.

¿Qué está pasando con los jóvenes y la ansiedad?

La ansiedad en adolescentes no es nueva, pero sí ha crecido de manera importante en los últimos años. Después de la pandemia, el aislamiento, las redes sociales y la presión académica han dejado a muchos jóvenes sin herramientas reales para manejar sus emociones. Lo que sí es nuevo es cómo algunos están intentando resolverlo: buscando acceso a medicamentos como benzodiacepinas —muchas veces a través de compañeros del salón o incluso del botiquín de casa— para usarlos en contextos sociales como fiestas.

No lo hacen necesariamente porque quieran «drogarse» en el sentido clásico. Muchos lo hacen porque se sienten aplastados por la ansiedad social y ven en estos medicamentos una salida rápida. El problema es que esa salida puede convertirse en una trampa muy difícil de dejar.

Por qué los adolescentes no siempre nos dicen lo que sienten

Una de las razones por las que los jóvenes llegan a este punto es porque no siempre tienen un espacio seguro donde decir: «mamá, me siento ansioso todo el tiempo y no sé cómo manejarlo». A veces nos tienen miedo a nuestra reacción. A veces sienten vergüenza. A veces simplemente creen que no vamos a entender.

Aquí es donde nosotras podemos hacer una diferencia enorme: no cuando ya encontramos las pastillas, sino antes. Mucho antes. Normalizar en casa la conversación sobre emociones difíciles —el miedo escénico, los nervios antes de un examen, la incomodidad en situaciones sociales— es la base para que cuando llegue algo más serio, tu hijo o hija sepa que contigo puede hablarlo.

Señales de alerta que vale la pena conocer

No necesitas ser psicóloga para notar cuando algo no está bien. Presta atención si tu adolescente:

  • Se vuelve más retraído o irritable sin una razón clara
  • Deja de disfrutar cosas que antes le gustaban
  • Tiene cambios bruscos de humor, especialmente después de salir con amigos
  • Habla con frecuencia de que «necesita algo para calmarse»
  • Falta a clases o evita situaciones sociales que antes no le costaban
  • Está más cansado de lo normal o duerme en exceso

Ninguna de estas señales por sí sola es una alarma roja, pero varias juntas y de forma persistente merecen una conversación —y, si es necesario, una visita con un especialista. No para etiquetar a tu hijo, sino para darle apoyo real.

Cómo abrir la conversación sin que se cierre de golpe

La clave no es el interrogatorio. No es llegar con «¿estás usando drogas?» porque la respuesta casi siempre será una puerta cerrada. La clave es la conversación cotidiana. Hablar de noticias como esta —»oye, leí algo interesante sobre por qué los jóvenes sienten tanta ansiedad hoy, ¿qué piensas tú?»— abre puertas sin generar defensas.

También ayuda nombrar tus propias emociones. Cuando los hijos nos ven gestionar el estrés —o admitir que a veces nosotras también nos sentimos abrumadas— aprenden que las emociones difíciles son parte de la vida y que hay formas de manejarlas sin esconderlas ni automedicarse.

Y si sospechas que algo más serio está pasando, busca ayuda profesional. Un psicólogo de adolescentes no es el último recurso; es una herramienta que muchas familias ojalá hubieran usado antes.

La amiga que mencioné al principio tuvo esa conversación con su hijo. Resultó que llevaba meses cargando una ansiedad que no sabía nombrar y que nadie había notado. Hoy está con un terapeuta y, según ella, es «otra persona». No porque el problema desapareciera, sino porque ya no lo carga solo.

Eso es lo que hacemos las mamás cuando estamos atentas: no resolvemos todo, pero sí abrimos la puerta para que nuestros hijos no se queden solos con lo que los pesa.

Fuente: BBC Mundo — Salud

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