Hace unas semanas vi a mi sobrina, de doce años, cerrar la laptop con un suspiro y decir: «Yo no sirvo para esto de la computación, eso es más de hombres.» Tenía doce años. Doce. Y ya había decidido que cierto tipo de conocimiento no era para ella. Me quedé pensando en eso durante días.
Ahora un estudio confirma lo que muchas ya intuíamos: las adolescentes parten con desventaja cuando se trata de aprender inteligencia artificial. No porque sean menos capaces —que quede clarísimo— sino porque llegan a esa etapa con menos confianza, menos exposición y, a veces, con el mensaje implícito de que ese mundo no les pertenece. Y eso, mamá, empieza mucho antes de la adolescencia.
¿Qué encontró el estudio y por qué nos importa?
La investigación encontró que los alumnos varones reportan mayor confianza y mejor rendimiento que sus compañeras en el aprendizaje de inteligencia artificial. La diferencia no está en la inteligencia ni en la capacidad: está en la percepción de sí mismas. Los chicos llegan creyendo que pueden; las chicas llegan dudando. Esa distancia —invisible pero real— tiene consecuencias en cómo participan en clase, cómo enfrentan los errores y, eventualmente, en qué caminos eligen para su futuro.
En México y en toda América Latina, este fenómeno tiene capas extra. Vivimos en culturas donde el estereotipo del «experto en tecnología» suele tener cara de hombre. Donde los videojuegos, la programación y todo lo que huele a código se asocia con ellos, no con ellas. No es culpa de nadie en particular: es un mensaje que se filtra por todos lados, desde los juguetes en las tiendas hasta los ejemplos que se usan en clase.
El problema no empieza a los quince: empieza mucho antes
Para cuando una niña llega a secundaria, ya lleva años recibiendo señales sobre qué se le da bien y qué no. Si en casa nadie le dio espacio para explorar la tecnología con curiosidad, si sus juguetes eran todos de un tipo mientras a su hermano le compraban sets de robótica, si en la escuela el maestro de cómputo siempre ponía de ejemplo a los niños… todo eso se acumula en silencio.
No estoy diciendo que sea intencional —la mayoría del tiempo no lo es. Pero el resultado es el mismo: una adolescente que frente a un curso de IA siente que eso «es difícil para ella», cuando en realidad lo que falta no es talento sino confianza.
Lo que podemos hacer desde hoy
Aquí viene la parte que más me interesa: qué hacemos con esto. Porque hay mucho en nuestras manos.
- Normaliza la tecnología como cosa de todas. Cuando uses una app, cuando googles algo, cuando el GPS te salve de perderte, nómbralo con naturalidad. No necesitas explicar el concepto completo: solo romper el mito de que eso es territorio ajeno.
- Cuida el lenguaje que usas sobre ti misma. Evita decir «yo no entiendo de eso» como si fuera una característica permanente e inevitable. Tus hijas aprenden a relacionarse con la dificultad viéndote a ti. Si tú la enfrentas con curiosidad, ellas también lo harán.
- Celebra la exploración, no solo el resultado correcto. Que tu hija intente armar algo, que haga preguntas raras sobre cómo funciona el buscador, que se equivoque y lo intente de nuevo. El proceso importa más que acertar a la primera.
- Ponla en contacto con referentes femeninos en tecnología. Existen, y son muchas. Que sepa que las mujeres han estado construyendo este mundo desde el principio —no como excepción, sino como parte fundamental de la historia.
No se trata de hacer de tu hija una programadora
No estoy hablando de presionarla para que estudie ingeniería si su pasión está en otro lado. Se trata de que llegue a cualquier etapa de su vida —la preparatoria, la universidad, el trabajo— creyendo que puede aprender lo que se proponga. Que la inteligencia artificial, el código, la tecnología, no son territorios vedados para ella.
El mundo en el que va a vivir será cada vez más digital. Y quiero que nuestras hijas entren a ese mundo con la misma confianza que cualquier otra persona. No desde la desventaja que marca un estudio. Desde la convicción de que tienen todo lo necesario para aprender.
Tú y yo sabemos que las niñas son capaces de todo. El trabajo es asegurarnos de que ellas también lo sepan.
