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Los miedos ‘irracionales’ de tu hijo son más reales de lo que crees (y así puedes ayudarle)

Mi sobrina de cuatro años entró en pánico hace unos meses en una fiesta de cumpleaños. La razón: un globo. Uno rojo, inofensivo, que flotaba amarrado a una silla. Para los adultos fue casi gracioso al principio… hasta que vimos que ella lloraba de verdad, con ese llanto sin palabras que tienen los niños cuando algo los aterra. Y ahí entendí algo importante: el miedo de un niño, aunque nos parezca absurdo, es completamente real para él.

Si tu hijo le tiene miedo a los perros, a la oscuridad, al baño, a los payasos o al ruido de la licuadora, no estás sola. Y tampoco está «mal» tu hijo. Los miedos irracionales son parte normal del desarrollo infantil, aunque nadie nos lo diga así cuando estamos en medio de la crisis. Hoy quiero hablarte de esto: de dónde vienen esos miedos y qué podemos hacer nosotras para acompañarlos.

El miedo no nace con nosotros, se aprende

Los científicos que estudian el comportamiento humano tienen una conclusión que me pareció fascinante: el miedo no es innato. Con excepción de dos respuestas básicas —el sobresalto ante los ruidos fuertes y el miedo a caer—, todo lo demás lo aprendemos. Lo que significa que los niños adquieren sus miedos por experiencias, por observación o por lo que escuchan de los adultos a su alrededor.

¿Tu hijo vio a alguien asustarse de una araña? Ahora él también puede temerle. ¿Escuchó que «los perros muerden»? Su cerebro guardó esa información como amenaza real. Los niños son esponjas emocionales: absorben el miedo de las personas que los rodean con una facilidad que a veces nos sorprende. Y nosotras, sin querer, somos parte de esa ecuación.

Por qué el cerebro infantil «exagera» el peligro

El cerebro de los niños pequeños no distingue bien entre lo que es peligroso de verdad y lo que solo parece peligroso. La parte del cerebro que regula el miedo —la amígdala— está muy activa durante la infancia, mientras que la parte que razona y calma —la corteza prefrontal— todavía está en construcción. En otras palabras: sienten mucho antes de poder pensar.

Por eso no funciona decirle a un niño «no te pasa nada, es solo un globo». Él ya lo sabe. El problema es que su cuerpo reacciona como si sí le pasara algo. Es una respuesta real, aunque el peligro no lo sea. Entender esto cambia por completo la forma en que reaccionamos.

Lo que no ayuda, aunque se sienta lógico

Aquí viene lo difícil, porque a veces hacemos cosas con la mejor intención y sin querer empeoran el miedo:

  • Minimizarlo: «Eso no da miedo», «no seas miedoso», «qué exagerado». Esta respuesta le dice al niño que su sentimiento está mal, y eso genera vergüenza además de miedo.
  • Forzarlo: Empujar a un niño aterrado hacia lo que le asusta —con la idea de que «así se le quita»— puede reforzar el trauma en lugar de resolverlo.
  • Sobreprotegerlo: Si siempre evitamos que el niño se acerque a lo que le asusta, nunca aprende que puede manejarlo. El miedo se vuelve más grande.

Lo que sí funciona: acompañar sin minimizar

La clave no es eliminar el miedo de golpe, sino ir caminando con el niño hacia lo que le asusta, a su ritmo y con tu mano en la suya. Aquí algunas cosas que realmente ayudan:

  • Nombra el miedo: «Veo que el perro te da miedo. ¿Qué sientes en tu cuerpo cuando lo ves?» Ponerle nombre al miedo lo hace más manejable.
  • Valida sin alimentar: «Entiendo que te asusta» no es lo mismo que «tienes razón, es peligroso». Valida la emoción sin confirmar el peligro.
  • Expón poco a poco: Si le teme a los perros, empieza con un libro de perritos, luego un video, luego ver uno desde lejos. La exposición gradual y controlada funciona muy bien.
  • Cuéntale tu historia: Si de niña también le temías a algo, compártelo. Los niños necesitan saber que el miedo no dura para siempre y que también les pasa a los grandes.
  • Busca ayuda profesional si el miedo interfiere con su vida: Si tu hijo no puede dormir, no quiere ir a la escuela o tiene crisis frecuentes, una psicóloga infantil puede orientarlas mucho mejor.

Los miedos de la infancia casi siempre pasan. Pero cómo los acompañamos importa más de lo que creemos. Un niño que aprende que sus emociones son válidas —incluso cuando son «irracionales»— crece con una relación mucho más sana con sus propios sentimientos. Y eso, mamá, es uno de los regalos más grandes que podemos darles.

¿Tu hijo tiene algún miedo peculiar? Cuéntame en los comentarios. Prometo que no nos reímos.

Fuente: BBC Mundo

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