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Hijos que no leen y se rinden al primer intento: qué podemos hacer las mamás desde casa

Hace unas semanas le pedí a mi hijo que leyera veinte minutos antes de dormir. Me miró como si le hubiera pedido que escalara el Everest. «¿Leer? ¿Por qué? Si en YouTube hay un resumen.» Y ahí me quedé, con el libro en la mano y una pregunta que no supe responder de inmediato: ¿cuándo pasó esto? ¿Cuándo dejó de ser natural que un niño quisiera leer?

No soy la única que vive esto, y los datos lo confirman. La OCDE acaba de publicar un análisis del desempeño educativo mundial —esas pruebas PISA que tanto se mencionan— y lo que encontró no es sorprendente, pero sí muy revelador: los alumnos leen menos, se rinden más rápido ante las tareas difíciles y crecen con el celular como compañero constante. No es el problema de una sola escuela ni de un solo país. Es una tendencia global. Y desde casa, tenemos más poder del que creemos para cambiarla.

El problema no está solo en la escuela

Cuando escuchamos que los niños van mal en lectura o matemáticas, el instinto es señalar al sistema educativo. Y sí, hay mucho que mejorar: recursos, formación docente, programas actualizados. Pero el reporte también apunta a algo que nos toca directamente a nosotras: el ambiente en casa importa muchísimo. La disposición al esfuerzo, el gusto por aprender, la paciencia para terminar algo difícil… eso no se enseña solo en el salón de clases. Se aprende, en gran medida, en la mesa de la cocina, en el sillón de la sala, en la rutina de todos los días.

En México, este tema tiene capas extra. Muchas familias no tienen acceso a bibliotecas, a internet de calidad o a libros en casa. Eso es real y no lo minimizo. Pero también es cierto que hay cosas que no cuestan dinero y que hacen una diferencia enorme: el tiempo que pasamos con nuestros hijos, lo que modelamos con nuestro propio comportamiento y la manera en que respondemos cuando dicen «esto está muy difícil, ya no quiero».

El celular no es el villano, pero sí parte del problema

No me gusta demonizar la tecnología. Los celulares y las pantallas tienen su lugar; yo misma los uso para informarme, trabajar y descansar. El problema no es el aparato, sino el uso sin estructura desde muy temprana edad. Cuando un niño crece con estímulo inmediato y constante —videos cortos, notificaciones, recompensas instantáneas— su cerebro se acostumbra a ese ritmo. Leer un libro, en cambio, pide paciencia. Pide imaginar. Pide tolerar el aburrimiento un momento antes de que la historia enganche. Y si no entrenamos esa capacidad desde pequeños, se atrofia.

No se trata de quitarles el celular para siempre ni de vivir en el siglo pasado. Se trata de poner límites con claridad y sin culpa. Si el celular llega antes que el libro, antes que la conversación y antes que el juego libre, algo hay que reajustar.

La tolerancia a la frustración: la habilidad que más les falta —y más les va a servir

Esto me parece lo más importante de todo lo que señalan los datos: los niños muestran poca perseverancia ante las tareas difíciles. Es decir, cuando algo se complica, se rinden. Y lo entiendo, porque vivimos en un mundo diseñado para evitar la incomodidad. Pero la vida no es así. Aprender a leer bien, a resolver un problema difícil, a escribir con claridad… todo eso requiere pasar por momentos de «no entiendo» y seguir intentando.

Como mamás, a veces sin querer les facilitamos demasiado el camino. Resolvemos antes de que lo intenten. Intervenimos al primer signo de frustración. Y lo hacemos por amor, claro. Pero estamos, sin darnos cuenta, robándoles la oportunidad de descubrir que pueden. La próxima vez que tu hija o tu hijo diga «no puedo», intenta responder con «todavía no puedes, pero vamos a intentarlo juntos». Ese pequeño cambio hace una diferencia real.

Lo que sí podemos hacer desde casa, hoy

No necesitas ser maestra ni tener presupuesto extra para marcar una diferencia. Aquí algunas cosas concretas que funcionan:

  • Lee en voz alta con ellos. No importa la edad. Leer juntos crea hábito y crea vínculo. Diez minutos antes de dormir bastan para empezar.
  • Ponles límites al celular con calma y consistencia. No como castigo, sino como rutina: «En esta casa, primero tarea, luego pantallas.» Repetido sin drama, funciona.
  • Celebra el esfuerzo, no solo el resultado. Cuando termina algo difícil —aunque le haya salido imperfecto— dile que lo viste intentar. Eso importa más de lo que crees.
  • Modela tú misma la lectura. Si nos ven con el celular todo el tiempo, eso es lo que normalizan. Si nos ven con un libro, aunque sea un rato, el mensaje cambia.
  • Deja que se aburran. El aburrimiento es la antesala de la creatividad. No hay que llenarlo siempre con pantallas.

No tienes que hacer todo a la vez. Elige una cosa. Empieza esta semana. Y si un día no funciona, mañana vuelves a intentarlo. Eso también es lo que queremos enseñarles: que los tropiezos son parte del camino, no el final.

Somos las primeras maestras de nuestros hijos, aunque nadie nos haya dado un título para eso. En un mundo donde las pantallas y la inmediatez compiten con cada libro, cada esfuerzo y cada conversación difícil, nuestra presencia y nuestras decisiones en casa importan más que nunca. No se trata de ser perfectas. Se trata de estar ahí, con intención y con amor.

Fuente: El País — Educación

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