Si has pasado por el camino de intentar quedar embarazada sin lograrlo, sabes de lo que hablo. Las citas al ginecólogo, los análisis de sangre, los ultrasonidos, las preguntas sobre tu ciclo, tu peso, tu estrés. Todo apuntando a ti. Todo preguntando: ¿qué tiene ella? Y mientras tanto, tu pareja esperando en la sala de espera, sin que nadie le pida mayor cosa.
Hay algo que me tiene dando vueltas esta semana: la infertilidad masculina sigue siendo el gran tema ignorado en la conversación sobre fertilidad de pareja. Y lo peor es que no es nuevo — llevan décadas diciéndolo los especialistas. Pero el sistema sigue sin cambiar. Así que hoy quiero hablar de esto, porque nos afecta a nosotras directamente, aunque el «problema» sea de ellos.
El primer señalado siempre es el cuerpo de la mujer
En México —y en toda América Latina— hay una creencia muy arraigada de que cuando una pareja no puede concebir, el problema está en la mujer. Es casi automático. La familia pregunta, los médicos indagan, la mujer se somete a prueba tras prueba. Y el hombre, en muchos casos, ni siquiera recibe una solicitud de estudios básicos en las primeras consultas.
Esto no es solo un prejuicio social, también es una falla del sistema médico. La infertilidad masculina representa aproximadamente el 40 al 50 por ciento de los casos de infertilidad en pareja, según datos de la Organización Mundial de la Salud. Es decir, casi la mitad de las veces, el factor es masculino o compartido. Y sin embargo, la carga emocional, el escrutinio médico y el estigma siguen recayendo principalmente sobre nosotras.
¿Por qué los hombres no buscan ayuda?
Aquí entra un componente que no podemos ignorar: lo que culturalmente se espera de la masculinidad. Para muchos hombres, tener un problema de fertilidad se siente como un golpe a su identidad. En nuestra cultura, la virilidad está ligada —erróneamente— a la capacidad reproductiva. Entonces, cuando un médico les dice que su recuento espermático es bajo o que hay problemas de movilidad, muchos lo viven como una vergüenza personal, no como un diagnóstico médico que tiene tratamiento.
Y ese silencio tiene un costo enorme. Para ellos, que no reciben apoyo emocional ni seguimiento adecuado. Y para nosotras, que seguimos siendo las que cargamos con el peso de «solucionar» el embarazo que no llega, a veces durante años.
Lo que sí podemos hacer como pareja
Primero, lo más práctico: si están intentando concebir y no lo han logrado después de un año —o seis meses si tienes más de 35—, lo ideal es que las dos partes se hagan estudios al mismo tiempo. No primero tú y luego él. Juntos, desde el inicio. Esto ahorra tiempo, dinero y, sobre todo, meses de incertidumbre innecesaria.
Un espermatograma es una prueba sencilla, accesible y no invasiva. No hay razón para posponerla. Si tu pareja muestra resistencia, habla desde el equipo, no desde la acusación: «Esto lo hacemos juntos porque lo que queremos es un bebé juntos.» Esa frase cambia el tono de la conversación completa.
También importa lo que pasa dentro de casa. Los hombres necesitan espacios para hablar de su salud reproductiva sin sentirse juzgados ni disminuidos. Si en tu relación pueden hablar abiertamente de miedos y frustraciones, eso ya es un avance enorme. No todos los hombres llegan a eso fácilmente, pero es algo que se puede construir con paciencia.
El sistema tiene que cambiar — y nosotras podemos empujarlo
No debería depender solo de la voluntad de cada pareja. Los protocolos médicos tendrían que incluir la evaluación masculina desde el primer momento en que una pareja consulta por infertilidad. Los seguros y servicios de salud pública deberían cubrir los estudios de fertilidad para hombres con la misma facilidad que para mujeres. Y habría que hablar más de esto en escuelas, consultorios y en conversaciones de todos los días.
Mientras ese cambio llega, nosotras podemos hacer lo que siempre hemos sabido hacer: informarnos y compartir lo que aprendemos. Si conoces a una amiga que está en este camino, mencionarle que el factor masculino es igual de importante puede cambiar su ruta médica completa — y ahorrarle meses de estudios innecesarios.
La fertilidad no es un asunto de mujeres. Es un asunto de parejas. Y merece atención, empatía y recursos para todas las personas que la están atravesando.

