Hace unos días me enteré de la historia de Jeremy Doku, un futbolista belga que quería dejar la concentración del Mundial —sí, el Mundial— para estar presente en el nacimiento de su hijo. Y lo que más me sorprendió no fue su decisión. Lo que me sorprendió fue que hubiera gente en desacuerdo.
Porque yo, como mamá, lo entiendo perfectamente. Ese momento no se repite. Ni uno solo.
El nacimiento no es solo un evento médico
Cuando parimos, lo que necesitamos no es únicamente un médico y una enfermera. Necesitamos a nuestra persona. Esa que nos conoce, que nos agarra la mano, que nos dice «ya casi, ya casi» aunque ambas sepan que todavía falta. Para muchas de nosotras, esa persona es el papá del bebé.
La evidencia respalda esto: la Organización Mundial de la Salud señala que el acompañamiento durante el parto reduce la ansiedad materna, disminuye la necesidad de intervenciones médicas y mejora la experiencia general del nacimiento. No es un capricho emocional. Es salud, para la mamá y para el bebé.
Lo que cambia cuando el papá está presente
No estoy hablando de que el papá «ayude» como si fuera un favor. Estoy hablando de que esté ahí como lo que es: el otro padre de ese bebé. Hay algo que ocurre entre los papás y sus hijos en esas primeras horas que no tiene nombre exacto, pero que todas las mamás que lo hemos vivido sabemos reconocer.
Cuando un papá ve nacer a su hijo —lo ve llegar, escucha ese primer llanto, lo carga por primera vez— algo cambia en él. El vínculo no es solo entre mamá y bebé. Es una red que se teje entre los tres desde ese instante.
En México, culturalmente, todavía existe la imagen del papá que «espera afuera». Afortunadamente, eso está cambiando. Cada vez más hospitales y parteras permiten y promueven la presencia del padre en el parto, porque reconocen que ese acompañamiento es parte del bienestar de toda la familia.
La paternidad activa empieza antes de que el bebé llegue a casa
Muchas mamás me preguntan: ¿cómo logro que el papá de mis hijos se involucre más? Y yo siempre respondo lo mismo: empieza desde antes. Desde el embarazo, desde las citas prenatales, desde estar presente en el parto si es posible.
No es que los papás que no asistieron al nacimiento no puedan ser buenos padres —claro que sí pueden—. Pero hay algo en ese primer momento compartido que establece un precedente: este bebé nos importa a los dos. Esta familia la construimos juntos.
Y eso, mamás, lo vale todo. Lo vale más que cualquier compromiso de trabajo, que cualquier evento, y sí —con todo el respeto que me merece el fútbol— lo vale más que un partido del Mundial.
¿Y si el papá duda en estar presente?
No todos los papás se sienten listos para estar en el parto. Algunos tienen miedo, otros creen que «no es su lugar». Si eso pasa en tu casa, te sugiero hablarlo con calma y con tiempo. No como una exigencia, sino como una conversación honesta: ¿qué significa para ti que estés ahí? ¿Qué te preocupa a ti?
A veces el miedo se disipa con información. Hay cursos de preparación para el parto que incluyen a los papás, y muchos médicos y parteras están abiertos a orientarlos antes del gran día. Dar ese paso juntos puede ser el primero de muchos.
Jeremy Doku tomó su decisión. Y yo, desde acá, no puedo más que aplaudirla. No por el gesto público, sino por lo que representa: un papá que entendió que hay cosas que no se recuperan. Su equipo puede encontrar otro jugador para ese partido. Su hijo no tendrá otro primer momento en el mundo.
Eso, al final, es lo que define a un padre presente: no la perfección, sino las prioridades.
