La semana pasada me topé con una noticia que me dejó pensando más de lo normal. Resulta que los científicos están debatiendo la existencia de un nuevo tipo de diabetes —la tipo 5— que, según investigadores, tiene sus raíces en períodos prolongados de mala nutrición durante la infancia y la adolescencia. No en la genética. No en el sobrepeso. En lo que comemos (o no comemos) cuando somos chicos.
Y ahí estaba yo, con mi café en la mano, haciendo los cálculos. ¿Cuántas veces le di de comer rápido, fácil, lo que hubiera? ¿Cuántas veces gané la batalla de salir a tiempo pero perdí la guerra de la nutrición? Este post no es para que nos flagelemos. Es para entender, para actuar, y para no cargar culpas innecesarias.
¿Qué es exactamente la diabetes tipo 5?
A diferencia de la tipo 1 (autoinmune) y la tipo 2 (asociada al sobrepeso y el estilo de vida), la diabetes tipo 5 —también llamada diabetes por desnutrición o MRDM, por sus siglas en inglés— aparece en personas delgadas, generalmente jóvenes, que vivieron etapas de alimentación deficiente. El páncreas, que nunca recibió los nutrimentos necesarios para desarrollarse bien, simplemente no produce insulina suficiente.
Los expertos todavía están debatiendo si merece categoría propia o si cae dentro de algún tipo ya existente. Pero lo que sí coinciden es esto: la nutrición en la infancia importa muchísimo más de lo que creíamos para la salud metabólica en la adultez. Eso no está en disputa.
Las señales de mala nutrición que a veces pasamos por alto
No estoy hablando de hambre extrema ni de pobreza severa —aunque eso también existe y es muy real en México. Estoy hablando de esa desnutrición silenciosa que ocurre cuando los niños comen mucho pero de poca calidad: muchos carbohidratos refinados, poca proteína, casi nada de verduras reales.
Algunas señales que vale la pena notar:
- Cansancio constante sin razón aparente.
- Concentración baja en la escuela (no siempre es inatención, a veces es falta de hierro o proteína).
- Bajo peso con panza prominente —un clásico de la desnutrición calórico-proteica.
- Cabello opaco, uñas quebradizas, piel sin brillo.
- Infecciones frecuentes: un sistema inmune que no tiene con qué pelear.
Si identificas más de uno de estos signos de forma persistente, es momento de hablar con el pediatra. No de googlear sin parar. De ir al médico.
Hábitos concretos que sí podemos poner en práctica
No te voy a decir que prepares una dieta balanceada de chef en una hora libre que no tienes. Te voy a decir lo que funciona en las casas reales, con presupuestos reales:
- Proteína en cada comida principal. Huevo, frijoles, atún de lata, pollo, queso. No tiene que ser cara ni elaborada.
- Una verdura que sí se coman. Una. No tienes que ganar todas las batallas. Si el único vegetal que acepta tu hijo es el maíz, empieza ahí y amplía de a poco.
- Limitar ultraprocesados, no prohibirlos. La prohibición crea obsesión. La moderación enseña a elegir.
- Agua antes de jugos. En México tomamos demasiada azúcar líquida sin darnos cuenta —aguas frescas, jugos, refrescos. El hábito del agua simple desde chicos cambia todo.
- No brincar el desayuno. Para los niños en edad de crecimiento, ese primer alimento no es opcional.
Lo que esta noticia me recuerda como mamá
Que alimentar bien a nuestros hijos no es una vanidad ni un lujo de mamás con tiempo. Es una inversión en su salud de adultos que estamos haciendo —o dejando de hacer— ahora mismo, sin que ellos lo sepan y sin que nosotras lo veamos de inmediato.
No necesitamos ser nutriólogas. Necesitamos información clara, recursos accesibles y, sobre todo, dejar de creer que mientras el niño esté gordo, está bien nutrido. Eso, la ciencia ya lo desmintió hace rato.
Si tienes dudas sobre la alimentación de tus hijos, un nutriólogo pediátrico es tu mejor aliada. Muchos centros de salud del IMSS e ISSSTE tienen este servicio. No esperes a que haya un diagnóstico para preguntar.

