Hay historias que te hacen soltar el teléfono un momento y simplemente respirar. La de Llywelyn Williams es una de esas. Este joven galés perdió una pierna a los 16 años —la edad en que muchos de nuestros hijos están descubriendo quiénes son— y, en lugar de quedarse atrapado en el dolor, se convirtió en cuatro veces campeón mundial de surf adaptado. Cuando lo leí, pensé inmediatamente en mis hijos y en la pregunta que todas nos hacemos alguna vez: ¿estoy criando personas capaces de levantarse cuando la vida los tumbe?
No te estoy hablando de producir atletas de élite ni de exigirles hazañas extraordinarias. Te hablo de algo más cotidiano y más profundo: la resiliencia. Esa capacidad de doblar sin romperse que los niños pueden aprender —o no— dependiendo de cómo los acompañamos.
La resiliencia no se nace: se construye
Por mucho tiempo creímos que la fortaleza era un rasgo de personalidad, algo que algunos niños tenían y otros simplemente no. Hoy la psicología del desarrollo nos dice algo diferente: la resiliencia se aprende, se practica y, sobre todo, se cultiva en el ambiente familiar. Investigaciones respaldadas por la UNAM señalan que los niños que tienen al menos un adulto significativo que los escucha y los valida tienen muchas más probabilidades de superar adversidades sin secuelas emocionales graves.
Ese adulto, en la mayoría de los casos, somos nosotras.
¿Qué hacemos cuando nuestros hijos fallan?
Esta es la pregunta incómoda. Cuando mi hijo reprueba un examen, cuando mi hija se pelea con su mejor amiga, cuando algo no sale como esperaban: ¿cuál es nuestra primera reacción?
Si somos honestas, muchas veces es correr a resolver el problema. Lo entiendo perfectamente, yo también lo hago. Pero en ese gesto de protección, a veces sin querer, les mandamos un mensaje equivocado: que no son capaces de manejar las cosas solas, que el malestar es algo que hay que eliminar lo más rápido posible.
Llywelyn no tenía a nadie que le devolviera la pierna perdida. Lo que sí tenía era la convicción de que su vida no había terminado. Esa convicción, en los niños, se construye cuando los dejamos experimentar dosis pequeñas de frustración y los acompañamos a procesarla, no a evitarla.
Tres cosas que podemos hacer hoy
1. Normaliza el fracaso en casa. Habla de tus propios tropiezos. Cuéntales cómo te fue cuando algo no resultó como querías. Los niños que ven a sus mamás levantarse aprenden que levantarse es posible.
2. Cambia «no puedes» por «todavía no puedes». Parece pequeño, pero esa palabra —todavía— abre una puerta. Le dice al niño que el camino no está cerrado, solo que aún no ha llegado.
3. Deja que resuelvan problemas pequeños solos. No saltes a ayudar en cuanto ves dificultad. Espera. Observa. Pregunta: «¿Qué se te ocurre que podrías hacer?» Eso les enseña que tienen recursos propios.
La discapacidad también es un tema de crianza
La historia de este surfista también nos invita a reflexionar sobre cómo hablamos de la discapacidad frente a nuestros hijos. En México, según datos del INEGI, más de 20 millones de personas viven con algún tipo de discapacidad. Muchos de esos niños están en las escuelas, en los parques, en los salones junto a nuestros hijos.
¿Cómo les enseñamos a relacionarse con esa realidad? No con lástima, no con incomodidad, sino con respeto y naturalidad. Un niño que crece viendo la diversidad humana como algo normal es un adulto más empático y, no es casualidad, también más resiliente: entiende que el cuerpo y la vida pueden cambiar, y que eso no define el valor de una persona.
Lo que quiero que se lleven hoy
No necesitamos que nuestros hijos sean campeones mundiales. Necesitamos que sean personas capaces de mirar una dificultad de frente y decir: esto no me detendrá para siempre. Eso no se da de un día para otro. Se construye en las conversaciones en la mesa, en los momentos en que los dejamos equivocarse, en la manera en que nosotras mismas enfrentamos las cosas difíciles.
Llywelyn Williams dice que nada es imposible para quienes tienen algún tipo de discapacidad. Yo creo que esa frase aplica para todos: para los niños, para las mamás, para cualquiera que esté aprendiendo a surfear en aguas difíciles.
Y sí, a veces el mar está muy bravo. Pero podemos aprender a no ahogarnos.

